Los laburantes no tienen la culpa
Decían representar a los trabajadores del Estado, pero ninguno de ellos estaba trabajando.
La semana pasada, durante la sesión de la Legislatura donde se votó el pase a planta permanente de 4.200 empleados públicos, la presencia de una delegación de ATE me dejó pensando. Quiero compartir algunas de las ideas que rondan mi cabeza, que van más allá de la inmediatez de los debates posmodernos en las redes sociales, donde la simplificación nos hace ver todo en blanco o en negro.
Allí estaban ellos, buena parte en las gradas, con sus banderas, tirando papelitos, interrumpiendo a los legisladores que no opinábamos como ellos querían. Afuera había unos cuantos más, haciendo un campamento en plena calle, con bombos, pirotecnia y humo de choripanes.
Decían representar a los trabajadores del Estado, pero ninguno de ellos estaba trabajando.
Entonces, se me disparó una pregunta que quiero compartir. ¿En qué se parecen estos tipos a un trabajador de la salud que está de guardia en un hospital que se cae a pedazos, sin insumos, con un sueldo que no le alcanza? ¿Son parecidos a un docente que con enorme vocación llega todas las mañanas a una escuela con ratas y murciélagos?
Lo que vi en la Legislatura fue una barra brava, idea que refuerza el hecho de que responden a un sindicalista que llamó a “la guerra en la calle” y que dice que trabaja para “voltear al gobierno”. Lo que veo todos los días en las escuelas, en los hospitales, en las comisarías y en un sinfín de dependencias del Estado son servidores públicos.
Estos laburantes no tienen la culpa de que un grupito de vándalos diga que son sus representantes. Y no lo digo sólo por ATE. Son muchos los gremios que día tras día muestran un accionar que los aleja de la realidad de sus supuestos representados y del resto de la sociedad.
Peor aún, sus conductas hacen que sobre los que dicen defender pesen un montón de prejuicios, como que son todos ñoquis o vagos.
Tampoco tienen la culpa de que el gobierno provincial no tenga una política de recursos humanos para el sector público y que cíclicamente tome empleados de forma precaria y discrecional para, pasado un tiempo, blanquear esta situación con pases a planta mediante concursos cerrados -contrarios a la ley de la función pública que estipula que deben ser abiertos- y anunciarlo como una decisión “histórica”.
Curiosamente, los “defensores” de los trabajadores nunca dicen nada al inicio de estos ciclos de precarización y blanqueo. Pero, al final, siempre salen sonrientes en una foto que debería darnos vergüenza, porque es la consagración del uso clientelar del empleo público.
No tengo dudas de que es hora de discutir en serio los criterios de afiliación y de representación gremial, que quedaron fuera de la última ley de modernización laboral. También debemos discutir cuántos empleados necesita el Estado, qué perfiles deben tener y cuál es la manera más transparente de incorporarlos.
Son sólo dos de los muchos debates que deberíamos poder dar sin caer en el simplismo tribunero tan de moda, donde la reflexión escasea y abundan los calificativos. Debates que nos obligan a dejar de lado los prejuicios y abrazar lo que Max Weber llamaba la ética de la responsabilidad, que implica buscar el bien común y asumir los costos de actuar en un mundo imperfecto y con matices.
De eso se trata el próximo paso.
P.D.: Seguimos esperando que vengan a limpiar la mugre que dejaron en el recinto de la Legislatura y en la calle. Si tanto defienden lo público, imiten a los hinchas japoneses.
*Legislador rionegrino, presidente del bloque PRO–Unión Republicana.
Juan Martin
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